El Deseo de Matilde

El Deseo de Matilde

 Matilde abrió los ojos y siguió con la mirada las partículas de polvo, que se colaban a través del halo de luz de la persiana.

Tan leves y suspendidas como su vida.

Antes de salir, recorrió el precioso piso. Las ventanas cerradas cubiertas de pesadas cortinas parecían frenar la fuga de tantos recuerdos.

Con una inclinación de cabeza casi imperceptible y un brevísimo saludo, Pedro el portero, se adelantó para abrirle la puerta. Detrás del uniforme impecable, se le esbozaba una sonrisa enigmática, como un espeso bosque arbolado. Al morir su mujer, él se ocupaba de conservar el lujoso edificio como un espejo.

Matilde contestó al portero con un frío «Buenos días».

Como todas las mañanas de un aburrido y pringoso verano, caminó hasta la Rambla de Barcelona para despejarse y ocupar el tiempo que le sobraba. Miró algunas vidrieras y se paró, para admirar el precioso vestido que lucía la modelo; era perfecto para una veinteañera y no para sus casi 60 años.

Entró en el Café de la Ópera, un sitio con toda la esencia de principios del siglo XX, y que Matilde adoraba.

   ―Buenos días señora Matilde ¿cómo estamos hoy?―preguntó Luis.

   ―Bien gracias―contestó Matilde, mirando cómo se le balanceaban al camarero las manos fuertes, como dos olas juguetonas.

   ― Lo mismo de siempre ¿no?  

A su regreso, se paró una vez más, para fisgonear el cartel torcido y medio desprendido que colgaba de la ventana de su vecina, a la que conocía desde hacía más de 20 años.

«Ximena Curadora de males amorosos, arregladora de lo increíble, hago posible tus deseos. Entra y consulta sin compromiso»

   ―Qué sorpresa Matilde, tú por aquí.

La pequeña habitación, alumbrada solo con velas, arrojaba un fulgor misterioso sobre las paredes cubiertas de máscaras y fetiches.

   ―Ponte cómoda y cuéntame…

   ―Tengo un deseo.

   ― ¿Un deseo?… ¿tu? ―exclamó Ximena.

   ―Sí yo.

   ―Pues bueno.

   ― Quisiera, quiero, pues yo, yo…

   ― ¿Y?

   ― ¡Ser joven de nuevo!

Ximena la miró. Nunca hubiera imaginado, que Matilde fuera capaz de desear nada, desde su viudez. Y menos que quisiera retroceder en el tiempo.

   ― ¡Vamos! Sabes que eso es imposible.

   ―Pero ahí en el cartel dice, que tú puedes conceder deseos―contestó

Matilde con un apreciable tono burlón. 

   ―Sí, pero vamos Matilde, sabes de sobra que no puedo hacerlo.

   ― ¿Por qué no?

Luego de unos minutos de un silencio estrepitoso, las miradas de ambas soltaron chispas. Matilde volvió a la carga.

   ―Si no eres capaz de concederme ese deseo, dilo de una vez y baja el cartel.

   ―Joven ¿Y para qué? ¿Qué quieres ganar?  

   ― ¿Ganar? No, no, lo que deseo es sentir la pasión de un gran amor, la ternura de un abrazo, la dulzura de la poesía que se desprende de la voz de un amante.

Ximena sonrió primero y luego tapándose la boca con la mano ahogó una irremediable carcajada. Matilde frunció el ceño y su rostro se pintó de rojo.

   ―Mira que el brebaje es caro―bromeó la bruja Ximena.

   ―Si es por eso, no hay problema.

   ―Vaya, veo que te empecinas, allá tú si quieres seguir con esto.

Arreglaron el precio y Matilde tomó una pócima que sabía a fresas.

   ―Ahora tendrás tu cita con un hombre que te dispensará todo lo que has deseado. Presta atención y cuando el brebaje te haga efecto ve a encontrarte con él en el Maremágnum.

   ― ¿Así de fácil? ¿Cómo sabré que es él?

  Ximena largó otra carcajada.

   ―Vete lo sabrás― le contestó Ximena entre risas―Acuéstate tendrás un sueño liviano y cuando te levantes tu deseo se habrá cumplido. Aprovéchalo porque sólo será por unas horas.

Matilde se levantó de la cama sin ninguna dificultad. Su cuerpo era una pluma y cuando corrió al espejo apenas lo podía creer. Compró el precioso vestido que tanto le había gustado y sin maquillajes se fue al Maremágnum en busca de su amor.

Debajo de un cielo inmenso repleto de nubarrones, el mar mudo se volvía negro de a ratos. Un hombre joven se sentó a su lado. Matilde leyó en sus ojos grises una languidez inquietante.

   ―Hoy he visitado a mi amiga Ximena―dijo el joven devolviendo a Matilde una mirada cargada de pasión.

Miraron el mar en silencio. Las nubes, iban formando pequeñas flores en forma de racimos sobre las olas ajetreadas, hasta que estalló la lluvia.

     ―Vamos, corramos―dijo Matilde.

  Un inusitado fuego creció entre ambos cuando aprisionaron sus manos. Tomaron el metro abarrotado de gente, tanto que sus cuerpos se rozaban ante cada vaivén

Y fue inevitable. El beso cayó entre los labios como una fruta madura.

Llovía, tronaba, llovía y las gotas cristalinas eran cintas ardientes de deseos.

Unos instantes después llegaron a destino. Matilde abrió la puerta del edificio y entraron.

   ―Vamos subamos a mi piso―susurró Matilde―o tendremos un resfriado.

Entre el camino tibio de la alcoba, tembló la noche amorosa y mística hasta el amanecer.

Desde la ventana abierta, el sol acercaba su presencia celeste, para desplegar una tímida luz sobre dos cuerpos colmados de soledades, de abrazos perdidos, de besos olvidados.

El hechizo había terminado, pero ellos ni siquiera se dieron cuenta. Les ganó el olvido de saberse hermosos y jóvenes cuando miraron sus rostros sin edades.

El sonido del móvil quebró el silencio.

   ―Debo irme, espérame amor mío, que volveré mañana y siempre ―dijo él ― Recuerda que mi corazón aún late con fuerza.

 Matilde abrió el enorme ventanal y todos los ventanales. Cuando salió al balcón el viento traía entre sus alas el inolvidable y maravilloso verano. Hacía mucho tiempo ya, que no reía con tantas ganas, cuando visualizó el cartel― ahora en su sitio― que colgaba de la ventana de la bruja Ximena.

Le esperaba un día ajetreado. Peluquería, lencería, y un perfume seductor. La música que había quedado en el olvido, invadió el piso.

   ―Todo tiene que estar perfecto ―se dijo Matilde antes de entrar en la ducha ― si lo mismo se puede ser feliz, aunque el amor provenga de la portería.

Estela Lo Celso

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